Hace tiempo que no me salen las cuentas con la impresora, así que he terminado volviendo a la copistería del barrio

0
117

Mi
primer
ordenador
llegó
a
casa
cuando
tenía
ocho
años
como
regalo
de
comunión.
Pocos
años
después,
le
acompañó
una
impresora
para
trabajos
escolares
y
desde
entonces
he
ido
renovando
este
dúo
de
aparatos
a
lo
largo
de
mi
vida
académica
y
profesional,
hasta
hace
aproximadamente
un
año:
me
cambié
de
ordenador
y
el
último
ya
no
soportaba
mi
impresora,

un
modelo
veterano
con
tóner
de
Samsung

del
que
me
enamoré:
era
compacta,
barata
y
funcionaba
bien.
De
hecho,
llevaba
muchísimos
años
conmigo.

Pero
ya
no
volveré
a
comprar
impresoras
.

Historia
de
una
ruptura:
Las
impresoras
son
cada
vez
más
caras
y
avanzadas.
Yo
cada
vez
necesito
imprimir
menos

La
impresora
siempre
ha
sido

la
mejor
amiga
de
estudiantes
que
dejan
todo
para
el
último
momento
.
Me
explico:
para
apuntes,
fotocopias
o
libros
siempre
he
tirado
de
copistería,
porque
más
allá
de
imprimir
unas
pocas
hojas,
lo
de
trabajar
a
escala
o
a
dos
caras
siempre
me
ha
dado
muchos
quebraderos
de
cabeza.
La
comodidad
tiene
un
precio.
Y
al
César
lo
que
es
del
César:
la
impresión
profesional
tiene
más
calidad.
Dicho
esto,
si
tienes
que
entregar
un
trabajo
mañana
lunes
a
primera
hora
y
estás
ultimándolo
el
domingo,
lo
suyo
es
tener
esa
impresora
que
te
salve
para
pasarlo
a
papel
a
cualquier
hora.

Esos
tiempos
afortunadamente
pasaron
a
mejor
vida,
como
lo
hizo
tristemente
mi
impresora.
A
día
de
hoy
mis
tareas
de
impresión
se
resumen
en
etiquetas
de
devolución
(estamos
en
2024
y
todavía
hay
servicios
que
te
hacen
imprimirla
físicamente
y
no
leyendo
de
la
pantalla
del
móvil),
algún
documento
concreto
y
poco
más.

No
me
corre
prisa
.

Dicho
esto,
quien
haya
imprimido
trabajos
a
última
hora
también
habrá
sufrido
la
ley
de
Murphy:

si
algo
puede
salir
mal,
saldrá
mal
,
que
aplicado
a
este
escenario
viene
a
ser
no
tener
tinta,
que
se
hubiera
secado
o
que
falte
ese
cartucho
concreto
que
no
necesitas
y
que
por
eso
no
imprima.
Nota:
con
mi
impresora
láser
monocolor
se
acabó
ese
problema,
no
había
tinta
seca
que
valiera.
Desde
luego,
si
volviera
a
comprar
una,
repetiría
tecnología.

De
hecho,
cuando
mi
impresora
se
convirtió
en
un
gran
pisapapeles,
lo
primero
que
hice
fue
acudir
a
Amazon
para
buscar
una
impresora
tóner
monocolor
compacta
y
barata.
Otro
jarro
de
agua
fría:
en
general
las
que
había
eran
grandes,
más
avanzadas
y
costaban
como
poco
el
doble
que
mi
adorada
Samsung.
Los
modelos
básicos
son
rara
avis,
aunque
haberlos,
haylos
y
para
muestra
esta

esta
excepción
de
HP
,
que
fue
la
candidata
que
valoré
más
seriamente.
Sí,
a
cambio
son
mucho
más
completas,
pero
es
que

yo
solo
quiero
imprimir
y
ya
.
No
necesito
más.

A
eso
hay
que
añadir

el
otro
gran
coste:
el
de
los
consumibles
.
Con
mi
vieja
Samsung
tiraba
de
tóneres
compatibles
que
me
salían
genial
de
precio.
Una
rápida
búsqueda
en
Amazon
me
devolvió
que
la
inflación
también
había
golpeado
con
fuerza
el
mundo
de
los
tóner:
el
original
cuesta
casi

50
euros

y
aunque
nuevamente
los
compatibles
acuden
al
rescate,
siguen
sin
salirme
las
cuentas.

Ojo
que
la
impresión
en
la
copistería
de
debajo
de
mi
casa
no
es
barata
precisamente
si
lo
que
quieres
son
un
par
de
hojas
sueltas
(a
color,
ni
hablemos).
Soy
consciente
de
que
existen
servicios
online
o
que
si
me
acercara
a
la
zona
universitaria,
iba
a
encontrar
copisterías
low
cost,
pero
nuevamente
la
conveniencia
vuelve
a
escena:

quiero
bajar,
imprimir
la
hoja
y
que
todo
esto
no
me
cueste
más
de
cinco
minutos
.
Incluso
aunque
el
coste
unitario
se
dispare
porque
bueno,
son
un
par
de
hojas
de
vez
en
cuando.

Obviamente
si
tuviera
que
imprimir
200
hojas,
la
cosa
cambiaría:
iría
a
una
copistería
universitaria.
Y
si
tuviera
que
hacerlo
a
menudo,
entonces
quizás
lo
de
comprar
una
impresora
volvería
a
la
palestra.
Pero
a
día
de
hoy
ninguna
de
las
dos
cosas
me
rentan.

Portada
|

Antonio
Vallejo
(Xataka)

En
Genbeta
|